Saberes y competencias

caras & caretas, 11/10/2015

Soledad Platero

Siempre me llamó la atención la insistencia con la que José Mujica daba a entender que nadie le llevaba el apunte cuando hablaba de educar para el desarrollo, la producción y el trabajo en lugar de hacerlo para el viru viru. Mediante ese truco el entonces presidente podía explayarse acerca de las virtudes de capacitar a los jóvenes para el cumplimiento de las más diversas tareas productivas, sin que nadie le haya preguntado nunca quién o quiénes eran los que le impedían concretar su sueño capacitador, o qué autoridades de la enseñanza eran las que levantaban la bandera del viru viru con tanto éxito que le habían impedido avanzar en sus proyectos. Hasta hoy, sigo sin saber qué protagonistas en las sombras se oponían a privilegiar lo técnico por sobre lo humanístico (a las humanidades se refería Mujica cuando decía viru viru) o lo metodológico por sobre lo contenidista, como se nos quiso hacer creer. Porque la verdad es que casi todas las voces que hablan desde el ámbito oficial insisten en la tragedia de que los alumnos se aburran en clase o de que se les impartan conocimientos que no les van a servir para nada.

La misma estrategia de dar por cierto algo, como mínimo, dudoso, es la que emplea el doctor Julio María Sanguinetti en una columna publicada días atrás en Correo de los Viernes. “Podremos dar 200 días de clase, lograr el milagro de que nadie pare y de que los profesores no falten, pero si el resultado buscado es un adoctrinamiento crítico de las bases de nuestra sociedad actual, nada habremos avanzado. ¿Cómo hacemos para instalar luego la idea de la necesaria productividad para competir en el mundo, cuando este es el equivocado?”.

Tengo que confesar que me encantaría que Sanguinetti y Mujica estuvieran en lo cierto. Me encantaría que las autoridades de la educación quisieran llevar adelante una reforma orientada a formar niños y jóvenes capaces de pensamiento crítico, capaces de preguntarse por las bases de nuestra sociedad actual e interesados en hacerlo, capaces de cuestionar las ideas mismas denecesidad, de productividad o decompetencia. Lamentablemente, creo que no es el caso. Hasta donde yo he podido enterarme, el proyecto educativo de este gobierno (y del anterior, y de los anteriores al anterior) así como el de varios países en el mundo no apuesta, precisamente, a fortalecer las herramientas intelectuales con las que los sujetos pueden reflexionar sobre su circunstancia o proponerse cambiarla. Al contrario, avanza de manera cada vez más transparente y aproblemática la concepción de que se debe educar para el trabajo, para la innovación (productiva, se entiende) y para la competencia, porque el mundo, como todos sabemos, es un gran mercado, y los recursos son finitos, así que sólo van a sobrevivir los más creativos (comercialmente hablando), los más arriesgados o los más ambiciosos.

En los últimos días se dio a conocer la noticia de que el gobierno japonés decidió cerrar las cátedras de humanidades y ciencias sociales de las universidades públicas de ese país. La idea, parece, es mantener las disciplinas que sean útiles para “las necesidades de la sociedad”. Japón, el país asociado siempre a expresiones como “cultura milenaria”, ya no cree muy necesario educar en humanidades o ciencias sociales. Las “necesidades de la sociedad”, según parece, coinciden con las del mercado, así que es para ser funcionales al mercado que deben formarse los universitarios japoneses, y no para tratar de entender el mundo en el que viven o para hacerse incómodas preguntas sobre el sistema.

Pero la embestida pragmática también arrecia en nuestro propio idioma. En España, por ejemplo, la última reforma educativa reduce drásticamente la carga horaria de materias humanísticas y transforma a algunas, como Filosofía, en optativas. Pero claro, la renguera espiritual se compensa devolviendo a Religión el carácter de materia evaluable que había perdido en 1990 y haciéndola pesar en el promedio para obtener becas.

Lo que subyace a esta creencia en el poder mágico de los saberes técnicos, las ciencias aplicadas y las disciplinas útiles es la voluntad de hacer pasar por naturales e inmodificables estados de cosas que pueden y deben ser criticados y, eventualmente, modificados. La repetición constante de lugares comunes como el de combatir el aburrimiento o brindar herramientas para una mejor inserción en el mercado laboral tiene como objetivo convencernos de que vivimos constreñidos por los estrechos límites de lo posible, y de que la inteligencia sólo se manifiesta en la capacidad de adaptación a (y aceptación de) las circunstancias dadas. Educar debería ser lo contrario.

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